miércoles, 4 de julio de 2018

MI MAESTRA DE PRIMARIA


Por Lilia E. Calderón Almerco

Ella era la señorita Flora. Todas las mañanas la veía entrar al aula vestida con un conjunto sastre de color oscuro, zapatos de tacón medio y una cartera grande. Su cabello era corto hasta la nuca, ligeramente rizado y de color negro; siempre lo llevaba peinado hacia atrás. Recuerdo que sus pendientes, generalmente eran perlas de color blanco, y que en el cuello llevaba una cadena con una medalla de la Virgen María o de algún Santo, tal vez. Sus modales eran suaves y discretos, y en aquella época tendría unos 30 años o más.

Entraba caminado muy derecha,  con solemnidad. Su sola presencia inspiraba respeto. Nos saludaba con una sonrisa leve y nos invitaba a sentarnos. Luego, sacaba del armario un guardapolvo celeste de cuello blanco muy bien doblado y se lo ponía con gran cuidado. También sacaba del armario un cuaderno grande, una caja de tizas, una mota, libros, un portalápices, y todo lo acomodaba sobre su escritorio. Luego, se sentaba y empezaba a pasar lista. Para nosotras, era muy importante sentir su mirada al decir nuestro nombre para luego contestar con alegría ¡Presente! Al terminar, se levantaba y escribía la fecha en la pizarra. Su letra era perfecta, y creo que todas las niñas imitábamos su caligrafía.  Seguidamente, se paseaba entre las hileras de carpetas revisando la tarea dejada el día anterior. Después de este ritual, se iniciaba la clase del día.

Una vez al mes, la señorita Flora traía un bizcochuelo muy grande, y a la hora del recreo nos los repartía. Esto nos hacía muy felices. Durante los años que fue nuestra maestra nunca la oímos gritar o enojarse con facilidad. Cuando nos portábamos mal, ella se ponía muy seria y nos observaba en silencio. Eso bastaba para que todo volviera al orden habitual.

Con cariño y gratitud, así es como recuerdo a la señorita Flora, aquella maestra de escuela estatal de quien recibí el tesoro que es la educación de mis primeros años. Al terminar la Primaria,  no volví a verla pero nunca la he olvidado a ella ni todo lo aprendido gracias a ella. ¡Muchas gracias, maestra Flora!

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